“Encontré al mundo y lloré la alegría, reí tanta pena, sentí lo que hacia y entonces mis sueños cantaron un día”

Giovanni me encontró en la estación central. Habíamos quedado por teléfono en que él pasaría por mí, pues yo sabía que no podría llegar a su casa: mi estado de ánimo -incluso el mental- era tan precario, que no podría dar ni con el café donde por primera vez me encontré con M.
La intención de la cita era saber qué haría con mi vida. En menos de una hora me había quedado sin hogar, sin trabajo y sobre todo, en un país que no era el mio, dónde no se hablaba mi lengua materna y donde no tenía a nadie para recurrir, sólo un pequeño grupo de amigos a los que llamaba “villagio“.
Para entonces estaba por cumplir 5 años viviendo ahí y con la gran pelea que había tenido, no podía ni siquiera pronunciar un “necesito ayuda” en el idioma local. Todo en mí daba vueltas vertiginosamente.
Recuerdo era invierno. Teníamos dos semanas discutiendo sin razón aparente y cuando decidí enfrentarlo para saber qué le sucedía, todo se despedazo.
Un simple “ya no te amo” fue lo que me bastó para saber que mi tiempo con él, al menos en ésa casa había terminado. Tras escuchar su argumento, permanecí callada. Le tome del rostro, le di un beso en la mejilla y le dije que era suficiente. Enseguida caminé al cuarto a tomar una bolsa donde metí ropa, dinero y papeles personales. Recuerdo su voz preguntando “qué estás haciendo” y su mano intentó detenerme, pero con un movimiento de mi brazo y diciéndole “no lo hagas” no lo volvió a intentar.
Corrí hasta el parking de bicicletas y salí casi volando a la estación del tren. Llegué a las 12.35 y faltaban sólo unos minutos para que pasara el tren de la una de la mañana, que me llevaría hasta Bologna. De ahí en adelante todo es muy borroso.


